Columnistas Invitados | Amar para poder jugar

 

El pasado mes de abril se disputó en Montevideo la serie de Copa Davis de Uruguay contra Venezuela. El conjunto celeste, de la mano de Pablo Cuevas, un experimentado jugador establecido entre los mejores 40 tenistas del planeta, se llevó la victoria. Sin embargo, esta serie será recordada por siempre. No por el deporte ni el tenis venezolano, sino por mis allegados, familiares y, principalmente, por mí.

Corría el año 2003. El mejor venezolano del momento, José Antonio de Armas, ganaba uno de los partidos más recordados de la historia de nuestro tenis tras vencer al chileno Marcelo Ríos en Caracas, frente a nuestra gente. Tenía once años y tuve la fortuna de vivirlo muy de cerca. Era uno de los recogepelotas oficiales de ese encuentro. Recuerdo la euforia, el ambiente, la alegría.

Un tenista fuera de los 300 mejores, con una bandana tricolor en la frente y el nombre de Venezuela en la espalda, acababa de vencer a un ex número 1 del mundo. Ese día comencé a soñar con repetir una hazaña similar. Cargado de energía, motivación y con la mente inocente de un niño que no conoce limitaciones, jugaba todos los días, horas y horas, partidos imaginarios en mi cabeza. Competía contra los mejores tenistas del momento en las canchas más importantes del mundo. El lugar no importaba. Un frontón, las escaleras mi edificio, e incluso la pared de mi propia habitación eran suficientes para vencer a Pete Sampras 7-5 en el quinto set y convertirme en el número uno de mi planeta imaginario. 

En el año 2004 ya no tenía en Venezuela rivales de mi edad. Ganaba todos los torneos que jugaba sin prácticamente perder games. Mi superioridad despertó curiosidad en mis padres y en mi entrenador. Decidimos probar suerte en un torneo internacional donde participaban los mejores jugadores del planeta en la categoría: el Orange Bowl. Simplemente jugué sin miedos, como en la pared de mi habitación, y llegué a la final. Ese resultado me puso en el radar del tenis internacional: me convertí en el primer deportista venezolano en firmar con Nike de Estados Unidos y, sin darme cuenta, me había transformado en una de las grandes promesas del tenis mundial.

Sin embargo, tenía solo 12 años. El sueño de convertirme en un tenista de élite era posible en mi mente, pero sabía que debía sacrificar cosas para lograrlo. Mis papás, siempre dispuestos a apoyarme, me cambiaron de colegio. Así podría aumentar la cantidad de horas de entrenamiento y obtener permisos para viajar a torneos internacionales que me dieran la posibilidad de seguir mejorando. No obstante, la vida me puso la primera barrera.

Estaba jugando un partido cuando, de repente, el corazón me empezó a latir mucho más rápido de lo normal. Sentía que se me iba a salir. Me tiré al piso, el médico me sacó de la cancha y me llevaron a la clínica. Después de varios días de estudios, sin poder tocar una raqueta, recibí una llamada de mis papás. Ellos se encontraban en la clínica. Yo estaba con mi entrenador de ese
momento, Harold Castillo. Recuerdo el consultorio. Mi mamá lloraba, mi papá no hablaba, Harold esperaba afuera, amigos de la familia empezaban a llegar al hospital. 

El doctor explicó que sufría de taquicardias y bradicardias. Es decir, de día mi corazón latía más rápido de lo normal, de noche más despacio. Explicó también que debían colocarme un marcapasos, de lo contrario moriría esa misma noche. Eso salvaría mi vida, pero nunca más podría volver a hacer deporte. No lo dudé ni un segundo: “si no puedo volver a jugar tenis, prefiero morir”, le dije a mi mamá.

A mis papás sólo les importaba mi vida. El marcapasos estaba en camino y la operación se haría. Sin embargo, me negaba a operarme. Harold, insistió en que debíamos escuchar otro punto de vista. Después de varias horas, mis padres decidieron posponer la operación para el día siguiente. De esa manera, podríamos visitar otro doctor y tener una segunda opinión. Esa noche dormí con un medidor de frecuencia cardíaca y mis padres estuvieron toda la noche en vela viendo el monitor que alumbraba la habitación con mis pulsaciones, que no podían bajar más de lo normal. A la mañana siguiente, visité al doctor de confianza de Harold. Un cardiólogo de avanzada edad, el doctor Gibson. Él pronunció las palabras necesarias para darnos tranquilidad: “si no ha muerto en 14 años, no va a morir esta noche. Llévenlo con calma”. Los exámenes médicos continuaron hasta que se encontró una alternativa. Me sometieron a una cirugía, solo que con esta podría seguir siendo tenista por el resto de mi vida.

Ya recuperado, y con esa fuerza que dan las situaciones traumáticas, volví justo a tiempo para competir en el Orange Bowl de 14 años. Nuevamente llegué a la final. Semanas después participé en mis primeros torneos profesionales y gané mi primer partido. Ese día me convertí en el tenista más joven de la historia, para aquel entonces, en entrar en el ranking mundialCon los éxitos llegaron las responsabilidades. Firmé un contrato de representación con un manager argentino establecido en Francia, Georgeo Brasero. Él convenció a mis padres de que, para continuar mi evolución, debía entrenar en un lugar en donde sólo se respirara tenis. España fue el país, Valencia la ciudad. La decisión no fue sencilla para mí: debía dejar mi casa, mis amigos, mi familia, todo… simplemente para ser tenista.

Los años pasaron volando. Ya tenía 17. Había ganado mi primer torneo como profesional y era uno de los diez mejores juveniles del planeta. Sin embargo, no era el mismo niño que jugaba en la pared únicamente por amor al juego. Las victorias, para mí, se convirtieron en un compromiso, y las derrotas en una tragedia. Cada partido era una evaluación absoluta de mi vida. Empecé a enfocarme en todos los sacrificios que había hecho para ser jugador de tenis y cada derrota era sinónimo de fracaso. Ante esta situación, lo más sencillo era buscar culpables. Justificaba mi actitud con la excusa de que mis padres me habían enviado lejos de casa, que había perdido mi infancia, que mis entrenadores escogían malos calendarios o que quizás mi manager me cargaba con demasiada presión. Lo peor de todo es que empecé a creerme esas excusas.

Logré tener independencia económica a muy corta edad. Tomaba mis propias decisiones y dejé de escuchar. En ningún momento dejé de trabajar fuerte, pero sí deje de hacerlo inteligentementeTodo lo que había conseguido, más que un premio, se convirtió en una pesadilla. Temía que mi evolución no estuviese a la altura de los objetivos y quedarme sin nada. Sin contratos, sin dinero, sin independencia. Habría sacrificado todo en vano. Sería otro venezolano más, con gran proyección, que nunca llegó a nada. Dejé de disfrutar el juego y más bien empecé a odiarloEl ritmo del circuito me tenía agotado y decidí tomarme unos días libres con mi familia. En ese período de descanso noté algunos moretones grandes en el cuerpo, pero no les di mucha atención ni importancia. Eso de ir a los médicos nunca ha sido lo mío. Sin embargo, días después, al comer, empecé a sangrar por la boca. Con cada mordisco caían gotas de sangre al plato.

No había otra opción que ir a la clínica de urgencias. Todo era muy extraño. Al llegar a la clínica me hicieron los típicos exámenes de sangre. Cuando recibimos los resultados, las noticias eran alarmantes. Tenía sólo mil plaquetas. El mínimo para una persona normal es de 150 mil. La enfermedad se llamaba “púrpura trombocitopénica idiopática”. No era mortal, pero sí peligrosa, y por lo tanto debía permanecer internado hasta que mis plaquetas volvieran a la normalidad. Así que allí estuve casi seis meses, acostado en una cama, recibiendo medicación y empezando a comprender, inconscientemente, que el hecho de ser tenista no siempre era lo más importante en la vidaDespués de un largo proceso, estaba “listo” para volver a las canchas. Había perdido los casi 20 kilos que me generó como efecto secundario la medicación, mis plaquetas estaban en números normales y mi mente había descansado. Pero, lamentablemente, mi cuerpo no volvería a ser el mismo.

Seguí en mi lucha. Convertirme en top 100 era el objetivo y la “razón de vivir”. Mi tenis batallaba constantemente con mi cabeza y con las lesiones, que cada vez con más frecuencia decían presente. Decidí dejar España, necesitaba un aire fresco. El cambió funcionó y, al poco tipo, estaba 208 del mundo. El objetivo se veía cerca. Jugué mi primer Grand Slam en Roland Garros 2014 y, a pesar de perder en primera ronda, me sentía jugando un gran tenis. No obstante, seguía sin disfrutar. Llegar allí no era suficiente, yo quería más y más rápido. Hasta que la vida me dijo “basta”. Una semana después de esa gran experiencia, recaí de un dolor que tenía en el codo y que me impedía sacar. Era mayo y me vi obligado a parar para recuperarme. Intenté volver en julio, pero no funcionó. Pasé por quirófano y volví a la cancha en noviembre, pero el dolor seguía allí. Se fue la temporada y había pasado del 200º al  600º del mundo. Además, ese 2014 era el año en el que los contratos que había firmado siendo juvenil -y me daban esa ansiada estabilidad-, terminaban. Mis peores pesadillas se empezaban a hacer realidad: las probabilidades de quedarme sin contratos y sin dinero eran muy grandes.

Volví en el 2015, después de un gran trabajo para fortalecer mi cuerpo y protegerlo de las lesiones, pero con una presión enorme sobre mi espalda. Tenía que empezar prácticamente de cero, sólo que ahora no tenía el dinero necesario para hacerlo con las mismas comodidadesParticipé en dos torneos y nuevamente recaí. Los doctores no encontraban una solución. Volví una vez más en junio, ya había pasado más de un año desde que había competido sano por última vez y, en esta ocasión, tampoco lograría jugar sin dolor. La frustración me obligó a decir basta y me retiré del tenis. La desesperación de no poder ni siquiera saber la razón de mi lesión, sumado a la enorme presión que yo mismo me había generado, me hizo imposible continuar.

Sentí que me había quitado un peso enorme de encima. Decidí disfrutar de las actividades que no había podido hacer mientras jugaba tenis y, principalmente, de las pequeñas cosas que no sabía apreciar, como leer un libro o un simple atardecer. Con la ayuda de mi novia, poco a poco aprendí a hacerlo. Me inscribí en un Diplomado de Gerencia Deportiva y fui a la Universidad. También descubrí la fotografía y me enamoré de ella. Con el paso de los meses, empecé a comprender que la vida era más que un deporte, que existen muchos tipos de personas, con sus sueños y problemas. Comprendí que nadie es más importante que nadie, seas Rafael Nadal o el que limpia las canchas. Todos tienen una historia.

De allí nació una idea: utilizar la fotografía para retratar y contar la historia de personas que, al igual que yo, aman o habían amado al tenis, pero no necesariamente habían tenido éxito profesional jugándolo. Las historias tuvieron una gran receptividad y un buen amigo del tenis, que posteriormente se había convertido en periodista, me propuso mezclar esa idea con noticias para ayudar a darle exposición y vitrina al tenis venezolano. Así nació vidaytenis.com, un proyecto al que considero mi “hijo” y, a pesar de hacerlo por pura filantropía, lo amo tanto como al mismísimo deporte.

Paralelamente, daba clases de tenis y recorría varios estados del país impartiendo clínicas en liceos públicos. Ver la alegría de esos niños, al conocer un deporte que ni sabían que existía, fue algo indescriptible. De esa experiencia nació una oportunidad: un señor al que le daba clases tenía el sueño de ayudar, de alguna manera, a personas a través del deporte. Junto a él y su esposa creamos la Fundación Tenis Para Ti. En ella, 130 niños reciben tenis gratuito dentro de su escuela en Petare. El objetivo es expandirnos y llegar a ayudar a miles, pero el simple hecho de poder brindarles una oportunidad diferente a este pequeño grupo, gracias al deporte que amamos, nos llena de orgullo. Si la suerte nos acompaña y uno de esos niños llega a cambiar su destino gracias al tenis, el esfuerzo habrá valido la penaEsas experiencias me cambiaron y me hicieron reflexionar. ¿Realmente estaba listo para dejar el tenis atrás y no intentarlo nunca más? Me di cuenta que no, que no estaba preparado. Volví a la carga.

Trabajé para conseguir apoyo económico y así volver a jugar. Me sometí a dos operaciones, una en el codo y otra en la rodilla, y me lancé nuevamente a la aventura. La terrible crisis que atraviesa Venezuela, sumada a la incapacidad y a la falta de interés de la Federación Venezolana de Tenis en ayudar a sus atletas, derrumbó todos los planes de apoyo que había conseguido. Sólo pude participar en seis torneos. Fue un premio volver a la cancha, pero la presión de saber que no tenía dinero me jugó una mala pasada y no pude disfrutarlo. En diciembre del año pasado acepté mi realidad: no tenía el dinero para jugar y para jugar en esas condiciones, honestamente prefería no hacerlo. Así que me embarqué en un viaje como entrenadorLos resultados obtenidos en esos seis torneos que pude disputar el año pasado, me ubicaron como el segundo mejor venezolano en el ranking ATP. Eso hizo que el capitán de Copa Davis, Carlos Claverie, me tomara en cuenta. Recibí un primer llamado en febrero para enfrentar a Guatemala, pero preferí no participar. Si algo me quedó claro después de toda esta experiencia, es que no volveré a pisar una cancha de tenis si no es para disfrutarlo. Lamentablemente, por motivos personales, en ese momento las condiciones no estaban dadas.

El equipo ganó en Guatemala y, gracias al esfuerzo que hicieron quienes jugaron allí, recibí un segundo llamado. Esta vez para enfrentar a Uruguay en Montevideo. Una serie prácticamente imposible. Enfrentábamos a un equipo en su casa, con su gente, liderado por Pablo Cuevas, quien es, en mi opinión, uno de los diez mejores tenistas del planeta en polvo de ladrillo. Para muchos, era ridículo que un jugador “retirado” formara parte del equipo venezolano, y más aún que se metiera en la cancha contra Cuevas. Para mí, a pesar de todo, era el premio a tanto esfuerzo.
Acepté el reto y me preparé a conciencia. Yo tenía una ventaja: conocía a mi rival, y sabía que sería mi único partido a corto plazo. Compaginé mis entrenamientos con mi trabajo de entrenador. Todos los días llegaba a casa a ver videos de Cuevas y a buscar huecos en su juego que me dieran alguna oportunidad. A cualquiera que me preguntase le decía que era imposible ganar; pero, dentro de mí, confiaba en que, si se juntaban algunos factores, tendría opciones reales. Me aferré a eso, creí que era posible. Fueron semanas duras, pero hermosas. Cada minuto en el que podía entrenar era un regalo para mí. Estar sano de nuevo, y tener la oportunidad una vez más de jugar un gran partido, quizás por última ocasión, era especial. Todos los problemas quedaban de lado cuando pisaba la cancha.

Probablemente, eso me hizo adaptarme y mejorar las áreas de mi tenis que necesitaba para enfrentar a un jugador de ese calibre, en un tiempo extremadamente corto, y siendo “entrenador”. Llegó el día del partido. No estaba enfrentando a Pete Sampras como en mis sueños de infancia, pero estaba por enfrentar a Pablo Cuevas en Copa Davis con la camiseta de Venezuela, como lo había hecho De Armas cuando venció a Ríos. Después de todo lo que viví, para mí era un gran premio. Por nada del mundo dejaría de disfrutar ese momento. Así que, simplemente, volví a ser un niño y amé el tenisCaí 7-5 6-4 en un partido muy igualado. Incluso llegué a tener set point en el primer set y jugué de tú a tú contra uno de los mejores jugadores del mundo. Demostré que tengo el tenis para jugar a ese nivel. Pero, más importante que nada, me demostré a mí mismo lo importante que es amar y disfrutar el juego para poder explotar tu potencial. 

No sé si la vida me dé la oportunidad de volver a competir. Sin embargo, independientemente de eso, ahora puedo mirar hacia atrás y afirmar que siempre he sido un privilegiado. Estoy enormemente agradecido. Agradecido con José Antonio, por hacerme soñar cuando era un niño; con Georgeo, por apoyarme y guiarme en este camino, y además ser el primero en apostar por mí; con Harold, por salvarme la vida; con “El Chino”, por ser esa persona que siempre está ahí en las buenas y, principalmente, en las malas; con Carlos Claverie, por darme la oportunidad de jugar ese gran partido; con Mayra, por enseñarme a disfrutar las pequeñas cosas, por animarme y empujarme a seguir mis sueños; con mis entrenadores, amigos y compañeros de ruta, por convertirme en la persona que soy hoy en día. Pero principalmente gracias a mis papás. Aunque durante muchos años no lo vi, lo único que hicieron fue apoyarme incondicionalmente en ese sueño que tuve desde niño. Me quedo con la alegría de saber que al menos ustedes, mis padres, pudieron verme disfrutar en una cancha una vez más y volvieron a sentirse orgullosos de ver a ese David. Independientemente de que sea la última vez o no.

Cuando haces un deporte de alto rendimiento, te planteas objetivos. Algunos solemos medir las cosas que nos brinda el deporte únicamente a través de los resultados. No obstante, siempre tenemos presente todo lo que supuestamente nos quitó y no vemos los pequeños privilegios que tiene este modo de vivir. Unos se dan cuenta rápido, todavía a tiempo para el tenis. Otros
tardamos más, pero afortunadamente, y no menos importante, todavía a tiempo para la vida. De lo que sí estoy seguro es que, si no amas al juego, no lo puedes jugar, porque la vida no te va a dejar. Espero tener una nueva oportunidad de hacerlo, porque estoy seguro que no la desaprovecharía.

Por: David Souto
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